De nuevo en vuestros centros

Después de todo este tiempo con innumerables dificultades, relanzamos la revista con más ganas que nunca. En una semana podréis disfrutar de ella, y recogerla en cualquiera de los centros de la Universidad de Córdoba o en la Casita de los Jóvenes Juan Pablo II.

Sin más, os pedimos colaboración, estaremos encantados de recibir vuestros artículos u opiniones para colocarlos en la revista, en la dirección cruzcampus@pastoraluco.com

Un fuerte abrazo, sed buenos y confiad en Dios, Él está esperándote, y te quiere entero, sólo para Él.

Mensaje del Papa para la cuaresma 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor – la oración, el ayuno y la limosna – para disponernos a. celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón pascual).

En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender. su misión pública. Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. lR 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

El ayuno en la Biblia

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar “para humillarnos – dijo – delante de nuestro Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

Su actual pérdida de valor

En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Paenitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que 10 amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. 1).

La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos” (Confesiones, 11, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno} escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia “los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), Y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privamos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Uta mur ergo parcius} / verbis} cibis et potibus, /somno, iocis et arctius/perstemus in custodia – U sernas de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.

Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Veritatis Splendor, 21). Por .10 tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostrae laetitiae, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Santo del mes: San Juan Bosco

SAN JUAN BOSCO (1815-1888)

Juan Bosco nació en Castelnuovo (Italia) bastante al norte de Roma. Su padre Francisco, un sencillo campesino, murió cuando Juan apenas tenía dos años y medio. La mamá, Margarita, analfabeta y muy pobre, tuvo que encargarse ella sola de levantar a sus dos pequeños hijos, Juan y José, y al hermanastro Antonio, hijo de un primer matrimonio de Francisco, y cuidar además de la anciana suegra, paralizada en una silla. Mamá Margarita resultó ser una gran educadora. En casa tenían que aguantar hambre y faltaban muchas cosas materiales pero había mucho amor y una gran religiosidad. Cada madrugada se rezaba el rosario y Juan Bosco ya a los seis años lo sabía entonar muy bien. Cada noche se leía la vida de un santo y una página de alguna publicación que hablara de misiones o de misioneros. Juan Bosco deseaba mucho estudiar pero en la vereda no existían escuelas y no había dinero para ir al pueblo a estudiar. Un tío campesino le enseñó a leer, y empleaba todas las horas libres que le dejaban los trabajos del campo en leer y aprender el catecismo y la Historia Sagrada.

Pequeño aún ejercía la tarea de catequista en medio de los compañeros, que reunía frente a la Iglesia transmitiéndoles lo que le enseñaba su madre o lo que aprendía en los sermones del Párroco, y también divirtiéndolos con sus capacidades de pequeño saltimbanqui y de mago. Dotado de grande inteligencia, fue creciendo en el estudio: siendo pobre, fue alternando el estudio con el trabajo. Fue empleado en distintas actividades. A Juan Bosco sus estudios le cuestan verdaderos sacrificios. No porque no tuviera cualidades, pues poseía una memoria prodigiosa que le permitía recordar todo lo que leía y escuchaba, sino porque su pobreza era total. Tuvo que pedir limosnas entre los vecinos para poder asistir al colegio. Nunca supo lo que fue comprar libros nuevos o estrenar vestidos. Todo era de segunda mano. Pero esta pobreza lo hará enormemente comprensivo más tarde con los jóvenes pobres carentes de medios económicos para poder estudiar, y lo llevará a dedicar toda su vida a procurar facilidades de estudio para los niños más necesitados. A los 9 años tiene Juan Bosco tiene uno de sus muchos sueños premonitorios. Vio un campo lleno de animales feroces, que al rato se transformaron en corderitos. Vio un campo lleno de niños y muchachos, que peleaban, blasfemaban… Indignado Juan empezó a darles patadas y golpes a derecha y a izquierda. Pero el personaje que apareció lo paró de inmediato diciéndole:«Juan, no con golpes, sino con la bondad y la mansedumbre puedes transformar a estos niños y jóvenes en corderitos». Juan lloró, no sabiendo cómo hacer. El Personaje le dijo: «Juan, yo te daré la guía y la maestra». En el momento señaló a la Virgen.

El 8 de diciembre de 1841, se preparaba Don Bosco a rezar la Misa en la Iglesia de San Francisco de Asís. Un chico de 14 años (Bartolomé Garelli) estaba a la puerta de la sacristía mirando. El sacristán lo invitó a ayudar la santa Misa…El chico se excusa por no saber… el sacristán indignado fue a golpearlo con la caña de encender las velas y aquél se escapó. Don Bosco, que vio todo esto se entristeció y dijo.: «Qué has hecho!! es mi amigo…llámalo»…. El niño lleno de miedo, regresó y Don Bosco lo trató con mucho cariño y le hizo muchas preguntas. Las respuestas fueron todas negativas: Era un pobre huérfano, no tenía casa, dormía detrás de la puerta de alguna iglesia o bajo los pórticos de Turín, y no sabía nada de religión… Don Bosco lo invitó a rezar con él una Ave María y lo invitó a volver con muchos otros compañeros. En ese momento nació la Obra del Oratorio. Don Bosco no tenía lugar para el Oratorio y fue juntando a los chicos en cualquier terreno baldío de las afueras de Turín.

Don Bosco presenta en sus memorias un modelo negativo en los sacerdotes de Castelnuevo: «Me sucedía con ‘frecuencia encontrar por el camino al párroco y al vicario. Los saludaba desde lejos, me acercaba con cortesía, pero ellos solamente respondían a mi saludo y continuaban su camino. Entristecido decía: .«Sí yo fuera sacerdote, no me portaría así. Trataría de acercarme a los muchachos, les daría buenos consejos, les diría buenas palabra». Con medios materiales insignificantes realizaba grandes obras. Con tres monedas empezó un templo, que costaba 300 millones y en cuatro años lo logró levantar. Le agradaba repetir: «Cada ladrillo de este templo es un milagro de María Auxiliadora». La Basílica de María Auxiliadora en Turín fue el monumento material de la gratitud de Don Bosco a la Virgen que «lo había hecho todo…» La construcción de ese maravilloso templo fue milagrosa. Cuando el constructor suspendió los trabajos por falta de pago, Don Bosco quiso pagarle: «Abra las manos….». Don Bosco arrojó en las manos todo el dinero del monedero (0,40 centavos de aquellos). El constructor se puso pálido….«Esto», dijo el santo «es lo que puede pagar el pobre Don Bosco, pero pronto lo hará la Virgen y mandará dinero no sólo para la construcción del templo, sino también mandará dinero para la construcción de un gran edificio, para niños pobres»….. y comenzaron los milagros. Con algunos de los muchachos pobres que iba educando logró fundar una Comunidad para educar a la juventud pobre. A sus religiosos les puso el nombre de “Salesianos” en honor del santo más amable que ha existido después de Jesucristo: San Francisco de Sales. Es que necesitaba que sus educadores imitaran a este amable santo en tratar bien a los destinatarios.

Los salesianos son ahora 17,000 en 105 países, con 1,300 colegios y 300 parroquias. También fundó San Juan Bosco a las Hermanas Salesianas, Hijas de María Auxiliadora, las cuales son 16,000 en 75 países y se dedican a educar a la juventud pobre. Fue un perpetuo limosnero en favor de los pobres. Le costaba mucho sacrificio salir a pedir, pero los pobres aguantaban hambre y los niños desamparados necesitaban ayuda para sus estudios, y por eso salía continuamente a buscar personas acomodadas para pedirles sus ayudas económicas, y se las daban en grandes cantidades. Al final de su vida tenía más de 100,000 niños pobres educándolos en sus obras de beneficencia. El encuentro con los jóvenes encarcelados es una fuerte lección para Don Bosco. Les enseña catecismo. Y comprende que «es necesario hacerlos convenirse en cristianos si se quieren reintegrar a la vida civil». Escribía: «A medida que les hablaba de la dignidad del hombre, en cuanto hacía resonar en sus mentes el principio moral y religioso, experimentaban en el corazón un placer del que no sabían dar razón, pero que los hacía .resolverse a hacerse más buenos» (Comprendió que a muchos jóvenes debe hacérseles descubrir el tesoro que llevan dentro: «ser hijos de Dios». Otra gran obra de San Juan Bosco fue su trabajo por las Vocaciones Sacerdotales.

Al final de su vida hizo cuentas y llegó a constatar que seis mil de sus discípulos se hicieron sacerdotes. Es una cifra difícil de igualar en la vida de un apóstol. Soñó la Primera Misión Salesiana en la Patagonia. Envió la primera expedición de misioneros, que llegaron a Buenos Aires el 14 de diciembre de 1875 al frente del P. Juan Cagliero, (luego obispo y primer cardenal salesiano). Sus últimas recomendaciones fueron: «Propagad la devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros. Ayudad mucho a los niños pobres, a los enfermos, a los ancianos y a la gente más necesitada, y conseguiréis enormes bendiciones y ayudas de Dios. Os espero a todos en el Paraíso».

Murió en la madrugada del 31 de enero de 1888. Durante tres días la ciudad de Turín desfiló ante su cadáver. A su entierro asistieron muchos obispos, 300 sacerdotes y 300,000 fieles. Fueron tantos los milagros conseguidos al encomendarse a Don Bosco que el Sumo Pontífice lo declaró santo cuando apenas habían pasado 46 años de su muerte (en 1934) y lo declaró Patrono de los que difunden buenas lecturas y “Padre y maestro de la juventud”. Don Bosco fue un predestinado, figura de primer plano en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Supo realizar una obra religiosa social de gran envergadura y con visión de futuro y sigue creciendo como árbol gigantesco, cuyas ramas se extienden en 124 países de los 5 continentes.

Adoremus de Enero

1 Enero. Año nuevo María Madre de Dios

8 Enero. El bautismo del Señor y nuestro bautismo

15 Enero. Santo del mes San Juan Bosco

22 Enero. La Eucaristía. Presencia de Dios de manera misteriosa, oculta, pero verdadera.

29 Enero. La Infancia Misionera

Sedes Sapientiae recorre Australia

El icono de María que Juan Pablo II regaló a los Jóvenes, conocida como “Sedes Sapientiae” (Trono de sabiduría) llegó este fin de semana a Australia, donde permanecerá durante un año, para recoger los frutos de la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney.

Se trata de una imagen de la Virgen con el niño Jesús, cuyo autor es el artista y sacerdote Ivan Rupnik S.I., expresión de la cercanía de María con los universitarios, que recorre centros educativos, en particular universitarios, por voluntad del Papa.

Cada año, se entrega en Roma a una delegación de jóvenes, durante la misa y el encuentro con el Santo Padre, que se celebra en la basílica de San Pedro. Esta vez la eucaristía estuvo precedida por el cardenal Agostino Vallini, vicario de la diócesis de Roma, y concluyó con el discurso de Benedicto XVI, este jueves.

En vuestra vida de estudio y de investigación, dirigid a ella constantemente la mirada a ella. Sede de la Sabiduría que continua a comunicar a la Iglesia y a la humanidad los hechos y las palabras de salvación guardadas en su corazón“, dijo el cardenal Vallini a los estudiantes en el momento de la entrega del icono.

Este año 2008, la Sedes Sapientiae estuvo en manos de los estudiantes rumanos y la entregaron a una delegación de estudiantes australianos.

“Es absolutamente increíble estar en Roma y es una bendición haber sido escogido como universitario proveniente de Australia en la delegación de estudiantes católicos. Esto me hace fortalecer mi fe”, dijo a ZENIT el estudiante Xavier O’Kane.

Para la joven Kelly Edmunds, recibir el icono de la Virgen significa tener la misma actitud que tuvo el apóstol Juan al recibir a María al pie de la Cruz. Así lo expresó en diálogo con ZENIT: “Me entusiasma el poder llevar a María a Australia y compartir con los estudiantes universitarios mi fe”.

Kelly aseguró que en una sociedad tan secularizada como la australiana “es difícil ser católico cuando los demás piensan que no hay razón para vivir la fe, pero es maravilloso ser un testigo de la fe y vivirla con alegría”.

Zenit.org

Dios se revela, le pese a quien le pese

En la segunda mitad del siglo XX, fueron muchos los analistas que vieron en la ideología marxista el mayor enemigo del cristianismo. Y esto, tanto por las persecuciones que los regímenes comunistas dirigían -siguen haciéndolo todavía en algunos lugares- hacia los creyentes de las diversas religiones, como por la explícita profesión de ateísmo de la que siempre hicieron gala. Sin embargo, la historia se ha encargado de demostrarnos que la ideología más persistente y perjudicial era otra: el racionalismo ilustrado.

Si lo característico del marxismo fue la negación de Dios, lo propio de la mentalidad racionalista ha sido, y es, la negación de la Revelación. Es decir, descartan por absurda la posibilidad de que Dios llegue a mantener una relación personal con nosotros. A la mentalidad racionalista le repugna que los misterios trascendentes sean presentados con la cercanía y la concreción propias de algo que está a nuestro alcance. La pretendida Revelación sería el recurso de los ignorantes, que necesitan ver y palpar, porque son incapaces de pensar y abstraer.

Sin embargo, esta mentalidad racionalista, que alardea de tener un concepto más puro y desarrollado de la divinidad, comete un tremendo error, al impedirle a Dios ser Dios. ¿Es que le vamos a decir nosotros a Dios lo que puede y lo que no puede hacer? ¿Y si Dios quisiese dirigirse al hombre como a su interlocutor, qué principio filosófico ilustrado se lo iba a impedir? Es curioso que quienes acusan a la religión de constreñir la divinidad en un “mensaje revelado”, caigan en la burda contradicción de supeditar la libertad de Dios a sus presupuestos ideológicos. Dicho en términos reivindicativos: ¡Dios tiene derecho a revelarse!

Pero el hecho de la Revelación no es sólo una potestad divina, sino que además es perfectamente coherente con la imagen de Dios que la propia Revelación nos ha dado a conocer: ¿Cómo pedirle al Padre que renuncie a hablar con quienes ha adoptado como hijos?, ¿Cómo expresar una plena amistad con los hombres, si no es descubriéndoles todos y cada uno de sus más íntimos secretos?, ¿Cómo puede resignarse Dios a la perdición eterna de aquellos a quienes ama, renunciando a la posibilidad de corregirles, mientras esto sea posible?

Si bien es cierto que la Revelación debe ser entendida siempre como un acto libre de Dios, al que no estaba obligado bajo ningún concepto, tenemos que añadir que se trata de una decisión en plena consonancia con lo más íntimo de su ser, que no es otra cosa que el Amor. ¿Hay algo más comunicativo que el amor?

El rechazo racionalista hacia la Revelación, es la resistencia del hombre al amor de Dios. Es la desconfianza hacia lo que Dios quiera decirnos, o hacia lo que sus caminos puedan depararnos. El rechazo de la Revelación esconde la sospecha de que Dios viene a robar la autonomía del hombre y a impedir su felicidad.

Frente a esto, la libre decisión de Dios de revelarse, es consecuencia de su amor apasionado, que le lleva a implicarse en nuestra propia historia. La Revelación no es otra cosa que Dios mismo saliendo a la búsqueda del hombre. Y como en toda relación interpersonal, siempre es necesario que alguien tome la iniciativa: «No sois vosotros quienes me habéis elegido a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15, 16). ¡He aquí el misterio de la Navidad para el que nos estamos preparando!

Mons. José Ignacio Munilla

Nueva cita para las familias el 28 de diciembre

Según anuncia el presidente de la Conferencia Episcopal en una carta, el encuentro tendrá por lema “La familia, gracia de Dios” y se celebrará en la Plaza de Colón de Madrid, como ya sucedió en la misma fecha del año pasado, con la participación de dos millones de personas.
La misa será precedida por el rezo del Ángelus dirigido por Benedicto XVI desde Roma, en el que se dirigirá a los presentes con palabras de aliento y de bendición.
En su misiva, el arzobispo de Madrid recuerda que “la fiesta de la Sagrada Familia nos invita a todos, en el marco de la Navidad, a dar gracias a Dios porque ha querido que su Hijo Jesucristo viviera en el seno de una familia y fuera modelo para todos nosotros en las relaciones familiares”.
Para el cardenal, celebrar la familia, como gracia de Dios, es “uno de los gozos más grandes de la Navidad”.
“La familia es gracia de Dios porque Cristo la ha santificado con su presencia y ha hecho de ella el lugar donde crecía en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres”.
“Para los cristianos, este acontecimiento nos invita a hacer de nuestras familias lugares de la gracia de Dios donde todos, a ejemplo de Cristo, vivamos el proceso de la santificación y ofrezcamos al mundo entero el testimonio atractivo del vivir en Cristo”.
El cardenal invita “a toda la comunidad diocesana a esta celebración festiva de la fe, especialmente a las familias”, en la que, señala, “participarán familias venidas de otras partes de España, acompañadas de sus respectivos obispos, que se unirán a nosotros en la misma fe y en la misma comunión eucarística manifestando que todos formamos la única familia de los hijos de Dios”.
“Acontecimientos como éstos –prosigue el cardenal– nos exigen esforzarnos un poco más de lo habitual. La comunión exige salir de los propios intereses y comodidades para manifestar que somos un único pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo. Por ello, que nadie se sienta indiferente ante esta llamada que os dirijo como Obispo de Madrid”.
El cardenal invita de manera especial “a los jóvenes y niños a ofrecer el testimonio de su alegría y juventud en Cristo. De esta manera se hará patente que Cristo sigue vivo en cada uno de nosotros y en la totalidad de la Iglesia”.
“Os espero con ilusión –concluye el cardenal–. Os animo vivamente a la participación y bendigo ya desde ahora todo vuestro esfuerzo para que este día la Familia de Nazaret brille por su gozosa actualidad en cada una de nuestras propias familias”.

SANTA TERESA DE JESÚS JORNET E IBARS

El 27 de abril de 1958, cien viejecitos y cerca de 600 religiosas escuchaban a Su Santidad el papa Pío XII exaltar las virtudes de la nueva beata, Teresa de Jesús Jornet e Ibars, fundadora de la Congregación de Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Pocas veces la Madre Iglesia ha aprobado tan rápidamente un proceso de beatificación. Iniciado éste en Valencia en 1945, culminó en 1958, cuando el Papa, también un anciano, como él mismo recordó a sus coetáneos de todo el mundo, que representaban a los millares acogidos en las Casas-Asilo de la Congregación, elevó a los altares a esta gigante de la caridad. Tan sólo 16 años después, el 27 de enero de 1974, Pablo VI la canonizó y la proclamó el 24 de febrero de 1977 patrona de la ancianidad. «Nos encontramos ante una de esas figuras que dejan una impronta propia y profunda de su paso por el mundo», dijo el Papa en su homilía, «legando a la Iglesia y a la sociedad el sello de su personalidad siempre lozana e inmarcesible… ¡Servir a los Ancianos Desamparados! Sabemos bien que son miles y miles las personas que han podido beneficiarse de tan espléndida corriente de gracia y caridad» Mientras las campanas de la iglesia parroquial tocan el Angelus, nace en la villa catalana de Aytona la niña Teresa de Jesús Fornet e Ibars. El día siguiente recibía el bautismo y quedaba, por tanto, inscrita en el registro espiritual de los cristianos. Era natural que así sucediera porque tanto los Jornet como los Ibars eran católicos sinceros. El padre Francisco Palau, hermano de la abuela materna, es hoy candidato a los altares, y otros miembros de la familia se distinguían por sus virtudes y su piedad. La niña crece en el ambiente de trabajo y de religiosidad del hogar. Pero su inteligencia despierta llama la atención de sus tíos y de sus padres, y Teresa marcha a Lérida, y después a Fraga. En las vacaciones regresa al pueblo, y sabe sacar partido de su ascendiente sobre las amigas para conducirlas a la iglesia y organizar excursiones que muchas veces se convierten en minúsculas peregrinaciones…

Apenas concluidos sus estudios de Magisterio, comienza a ejercer en Argensola, provincia de Barcelona. Pronto su piedad y su ejemplo llaman la atención de las alumnas y de sus padres. Las gentes, curiosas, admiran que la maestra acuda semanalmente a confesarse al pueblo de Igualada, a pesar de que entre ida y vuelta tiene que recorrer unos 20 kilómetros. Pero la enseñanza, con ser misión bella y santa, no llena sus aspiraciones. No le cabe duda de que Dios la llama a la vida religiosa, y su único problema es la elección. El padre Palau invita a Teresa a colaborar en el Instituto que está fundando, y ella acude presurosa, pero en su interior anhela una vida religiosa separada del mundo, más fuertemente caracterizada por el silencio y la oración. Y a primeros de julio de 1868 Teresa abandona la casa paterna para dirigirse al convento de Clarisas, en Briviesca (Burgos), mientras Josefa, su hermana, entra en el Asilo de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, en Lérida. Todo va bien en Briviesca, y Teresa prepara el velo negro que llevará en su profesión. Pero España atraviesa momentos difíciles y dramáticos. Y el Gobierno no permite la emisión de votos. Las religiosas le ponen, sin embargo, el velo negro. Y surge otra imposición, esta vez procedente de Dios directamente. Una postilla en la frente hace que deba volver, por obediencia, a Aytona. En Briviesca quedarán el recuerdo grato y el afecto sincero, que todavía hoy, después de muchos años, perduran en la expresión de las clarisas: «Teresa era una santa».

Una vez más su tío, el padre Francisco, trata de orientar a Teresa en su pequeño ejército de terciarios y terciarias carmelitas. La nombra visitadora de las escuelas que él va abriendo en España. Pero el padre Francisco muere y Teresa se encuentra nuevamente entre los suyos, con una única duda: «Señor, ¿qué queréis que haga?». Un grupo de sacerdotes de Huesca y de Barbastro, presididos por don Saturnino López Novoa, maestro de capilla de la catedral de Huesca, se disponen a crear un Instituto femenino que se consagre exclusivamente a la asistencia de los pobres ancianos abandonados. La idea ha florecido ya en Francia, pero se piensa que para los ancianos españoles sería preferible hermanitas de esta misma nacionalidad. En junio de 1872 Teresa pasa por Barbastro, con su madre, y habla con un sacerdote de la localidad, amigo del difunto padre Palau y también de don Saturnino. Durante la charla examina atentamente a Teresa y comprende que los deseos de la joven son consagrarse a Dios en la vida religiosa. Entonces rompe a hablar sobre los proyectos de don Saturnino, y Teresa ve con toda claridad que ahí está su vocación y que se han terminado sus vacilaciones y sus tinieblas interiores. Acepta el plan y regresa al pueblo. Su primer acto es comunicar a María, su hermana y confidente, que ha encontrado el verdadero camino. Pero esta noticia entraña, también, una invitación, que por el momento es rechazada. «¿Yo dedicarme a los ancianos? Imposible». Pero Teresa sabe lo que dice, y, al fin, María irá con ella y aun se llevarán a una paisana. En Barbastro abriría don Saturnino la nueva casa. La sede elegida se llama “Pueyo”. Son doce jóvenes, contando a Teresa y a sus dos conquistas. Del 4 al 12 de octubre se llena la casa, un edificio antiguo y viejo. Nadie sino Teresa podía ser la cabeza de aquella incipiente comunidad, a pesar de que sus pensamientos eran totalmente ajenos a ello. Así lo dijo y así lo reiteró, pero por toda respuesta le dijeron que en la vida religiosa lo, que importa es obedecer. Teresa calla, acepta y permanecerá superiora hasta la muerte. Serán veinticinco años de gobierno, de esfuerzos y de heroísmo callado. Detengámonos ahora a ver cómo era la madre Teresa.

La mejor semblanza la hizo el propio Pío XII, al exaltar sus virtudes y su empresa. «Alma grande y al mismo tiempo humanamente afable y sencilla —dijo el Papa—, como su homónima, la insigne reformadora abulense; humilde hasta ignorarse a sí misma, pero capaz de imponer su personalidad y llevar a cabo una obra ingente; enferma de cuerpo, pero robusta de espíritu con fortaleza admirable; “monja andariega” ella también, pero siempre estrechamente unida a su Señor; de gran dominio de sí misma, pero adornada con aquella espontaneidad y aquel gracejo tan amable; amiga de toda virtud, pero principalmente de la reina de ellas, la caridad, ejercitada en aquellos viejecitos o viejecitas que exigen la paciencia y benignidad de que habla el Apóstol». Dentro de este conjunto espléndido, Pío XII subrayó «tres suaves matices»: la gran parte que la Virgen Santísima quiso tomar en su vida y en su obra; su irresistible inclinación a procurar la asistencia a los desvalidos y, por fin, aquella «suavidad y naturalidad con que se abandonó a los designios ocultos de la Providencia o, mejor dicho, aquel modo perfecto y ejemplar con que supo prescindir de sí y de su voluntad para identificarla completamente con la santísima voluntad de Dios. Dejamos en su iniciación la gran empresa. Su primer nombre fue el de “Hermanitas de los Pobres Desamparados”; después, para evitar equivocaciones con el Instituto francés del mismo nombre, se llamaron, como hoy se denominan, “Hermanitas de los Ancianos Desamparados”. Pronto quiso la Providencia que no se quedaran en Barbastro, sino que, por coincidir con los deseos de un grupo de católicos valencianos, fundasen en la capital del Turia, que desde entonces habría de ser la Casa-Madre de la congregación. Toda la ciudad recibió a las hermanas, y éstas hacen su primera visita a la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia, que nunca había de desampararlas a ellas ni a sus ancianitos y ancianitas. Inmediatamente reciben a la primera acogida, una paralítica de noventa y nueve años. Más pronto habrían de comenzar los dolores. Las regiones españolas se sublevan contra el Gobierno y Valencia se declara en rebeldía. La ciudad es asediada y bombardeada. La gente huye; las hermanitas permanecen junto a sus ancianos. Sólo cuando en la ciudad ya no queda nadie, y al peligro de los bombardeos se añade la amenaza de morir de hambre, —las hermanitas viven de la caridad cristiana— deciden refugiarse en Alboraya.

Después una nueva prueba, la muerte de sor Mercedes, la primera profesa de las hermanitas, pues en el propio lecho de muerte selló sus votos de esposa de Cristo. La historia de las nuevas fundaciones está llena de encanto y de luz sobrenatural. Es primero Zaragoza, donde también fueron recibidas triunfalmente; luego Cabra, Burgos… y toda la geografía española, que la santa se recorrió varias veces, en unas condiciones materiales que, si eran algo más cómodas que las de los tiempos de Santa Teresa, no dejaban de tener sus grandes molestias y aun dolores. Al cumplirse el primer decenio de la fundación del Instituto, las Casas-Asilo —la madre Teresa quería que fueran llamadas así, pues la sola palabra “asilo” le parecía demasiado fría y humillante— Son ya 33. Diez años más tarde subirían a 81, Y cuando la santa entrega su alma al Señor suman ya la cifra esplendorosa de 103. Medio siglo más tarde, cuando la Iglesia la eleva a los altares, las Casas-Asilo son ya 205 en todo el mundo, y millares de ancianos y ancianas son consolados y atendidos por las hermanitas. En 1885 el Instituto cruza el océano. Las hermanitas han sido llamadas a Santiago de Cuba y La Habana. Por primera vez van a fundar sin la madre. Esta, que apenas tiene cuarenta y dos años, no es ya sino una inválida, en cuanto a fuerzas físicas se refiere. La obra se está consumando. En 1876 había llegado el decreto de alabanza de Roma. Y la aprobación definitiva llega en 1887.

Ahora que la Iglesia ha acogido al Instituto bajo su tutela, la madre ya sabe que otra Madre eterna velará por las hermanitas y los ancianos. Por eso, al celebrarse, en abril de 1896, el Capítulo general, la santa suplica a las hermanitas que se dignen librarla del peso de superiora general. Su cuerpo se niega a seguirla en sus largos viajes. No puede intervenir regularmente en los actos de la comunidad. El bien del Instituto —insiste la madre— exige que sea otra hermanita la que presida su marcha. Pero esta vez nadie hace caso de la voz de la madre. Y Santa Teresa no tiene más remedio que cargar nuevamente la cruz sobre sus flacos hombros. Ella seguirá siendo sencilla. y entrañable. Nunca le han gustado las posturas ficticias, las caras de víctima. A una novicia que, en el arrebato de un falso misticismo, decía a la madre que quería ser santa y andaba por todas partes con la cabeza torcida, la santa le respondió que sí, que obligación de todas las hermanitas era ser santas; pero que… ¡aquella cabeza tan torcida! La madre cogió un alfiler, tomó entre sus manos la punta del velo de la novicia y se lo aseguró con el alfiler en la espalda, de modo que no podía llevar sino bien alta la cabeza. La madre sacudía con frase certera toda pereza disfrazada de piedad: «Fervorosas, sí; pero no de las que dejan el trabajo a las demás». En el verano de aquel año va a Palencia, para inaugurar el segundo noviciado. Pero no puede estar presente en la ceremonia porque está aquejada de fuertes dolores. Es su ofrenda por las novicias. Se pone en camino hacia Valencia. Parece mejorar un tanto durante el verano, pero en la primavera vuelve a agravarse. Su aparato digestivo es una pura llaga. La llevan a la Casa-Asilo de Masarrochos y luego a Liria. La madre ora mucho y por todos.

También en las Casas-Asilos rezan las hijas y los ancianos. Más de 70 superioras y muchísimas hermanitas pasan por Liria para recibir su última bendición en la tierra y sus últimos consejos. El 12 de julio el padre Francisco, uno de los más grandes protectores del Instituto, le lleva el viático y dos semanas después le administra la extremaunción. Poco a poco, se apaga la vida de la enferma, que dicta su última recomendación: «Cuiden con interés y esmero a los ancianos, téngase mucha caridad y observen fielmente las constituciones. En esto está nuestra santificación». El 26 de agosto de 1896 la enferma expresa repetidas veces el deseo de recibir la sagrada comunión. A la primera claridad del alba viene el sacerdote, la oye en confesión y sale en busca del sacramento. La madre mira a su alrededor, sonríe a las hermanitas presentes e inclina la cabeza para siempre. Tenía cincuenta y cuatro años y podía presentar en el cielo su obra de 103 Casas-Asilos con millares de ancianos y más de mil hermanitas. Descansó en Liria hasta 1904, en que fue trasladada solemnemente a la Casa-Madre de Valencia

“Los jóvenes de hoy no están contra la Iglesia: simplemente no la conocen”

Hoy los jóvenes no están contra la Iglesia, sencillamente no la conocen, no saben nada sobre ella. Así lo manifestó el sacerdote francés Éric Jacquinet, nuevo responsable de la sección “Jóvenes” del Consejo Pontificio para los Laicos, que será una de las personas clave en la organización de la próxima Jornada Mundial de la Juventud de Madrid.
Jacquinet explica, en una entrevista al diario vaticano L’Osservatore Romano publicada en la edición de hoy, que este alejamiento de los jóvenes se debe a la “incapacidad de la familia para transmitir la fe”.
El sacerdote pertenece a la comunidad del Emmanuel, y ha desarrollado una intensa pastoral con jóvenes alejados en la archidiócesis de Lyon. “En la parroquia de Vénissieux, el 65% de los jóvenes era hijo de padres separados, y los cristianos una minoría en medio de los inmigrantes. Tuvimos que evangelizar puerta a puerta”, explicó.
Entre los jóvenes actualmente “existe más que una necesidad de espiritualidad, un deseo afectivo fuerte, el cual genera una cierta confusión con la experiencia espiritual. Peor esto no basta para construir personas adultas en la fe”, explicó.
El nuevo responsable de organización de las JMJ las ha seguido prácticamente desde su comienzo, en Roma (1985) y Santiago de Compostela (1989).
“En Santiago era responsable de un autobús con 24 jóvenes franceses y otros tantos de la ex-Checoslovaquia. Así conocí a la Iglesia de las catacumbas: tenían permiso para viajar solo como turistas, y entre ellos había un sacerdote clandestino. Sólo dos personas del grupo conocían su verdadera identidad”, relató.
Jacquinet ha participado también en Sydney, aunque esta vez “para aprender” el trabajo que le espera. “Pude ver cómo esta metrópoli australiana fuertemente secularizada se transformó por la presencia de los jóvenes en las calles. Los mismos sacerdotes locales, algunos muy escépticos, se convencieron, porque el Espíritu hizo algo grandioso y el cardenal Pell venció el reto”.
Respecto a los retos que deberá afrontar la organización de la próxima JMJ, el sacerdote apuntó dos cuestiones importantes: por un lado, “la necesidad de acompañar la experiencia de las Jornadas, con el crecimiento de una fe madura”.
Por otro, se ha visto la importancia de potenciar “la acogida a los peregrinos por parte de las diócesis del país de acogida”, tema sobre el que ya se ha empezado a trabajar con el cardenal Antonio María Rouco, arzobispo de Madrid, y con otras diócesis españolas.
“Quiero trabajar con todos, sobre todo con las delegaciones de pastoral juvenil de los cinco continentes”, añadió.
Más allá de las JMJ, Jacquinet explicó que es necesario potenciar la pastoral juvenil en todo el mundo. “Se necesitan lugares de reflexión para una generación cada vez más frágil… El problema está en la raíz, en ese vacío que los jóvenes necesitan llenar y que para colmarlo debemos dar respuestas concretas”.

Zenit (30-10-08)

Apostoles desde la sonrisa

Este domingo, 30 de noviembre, celebramos el primer aniversario de la publicación de la segunda encíclica de Benedicto XVI: “Spe Salvi” (Salvados en Esperanza). Precisamente este mismo día también, iniciamos el tiempo de Adviento, en el que la Iglesia renueva una vez más, la invitación a vivir la virtud teologal de la esperanza.

Tenemos que reconocer que, con frecuencia, en nuestra cultura se ha forjado una imagen un tanto “melancólica” de la esperanza. Parece como si identificásemos la esperanza con un suspiro que añora la realización de unos ideales, al mismo tiempo que los percibe como una utopía inalcanzable. Alguien dijo que la esperanza sin Dios (¿”esperanza laica”?), por mucho que se exprese en tonos poéticos, acaba por reducirse al lamento triste y nostálgico.

¿No es cierto, acaso, que en nuestras conversaciones hay una gran inflación de lamentos y de reivindicaciones estériles? Todo el mundo parece quejarse de todo. El “victimismo” se ha convertido en una actitud de vida, consistente en creernos destinatarios de todos los males, al mismo tiempo que nos hacemos ciegos para reconocer el bien e incapaces de agradecerlo. Así lo describía Martín Descalzo: “Antaño la hipocresía era fingirse bueno. Hoy en día, la hipocresía es inventarse dolores, teniendo motivos para estallar de alegría”.

Pues bien, en este tiempo de Adviento que iniciamos, tiempo de espera gozosa en el Mesías, tenemos una ocasión de oro para crecer en la virtud de la alegría. Pero… ¿cómo es eso de considerar la alegría como una “virtud”? ¿No se trata acaso, de un estado emotivo, fruto de unas circunstancias cuyo control no está en nuestras manos? ¿Acaso no sería algo ficticio, el intento de procurar ser alegres “artificialmente”?

Los cristianos tenemos muchas razones para la alegría. La liturgia del Adviento nos las recuerda una y otra vez, ante el peligro de que los agobios de nuestra vida nos impidan disfrutar de ellas: “(…) cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo” (Oración colecta, Domingo II de Adviento), “(…) concédenos llegar a la Navidad -fiesta de gozo y salvación- y poder celebrarla con alegría desbordante” (Oración colecta, Domingo III de Adviento).

Ciertamente, la alegría es fruto de una Buena Noticia, pero no puede ser alcanzada sin librar antes una importante batalla interior. La alegría no es un estado anímico que nos sobreviene y nos abandona caprichosamente, sino que es un hábito que se adquiere con voluntad y perseverancia. Es el fruto del ejercicio de la penitencia interior, que nos lleva a mortificar tantas tristezas inconsistentes que pretenden imponerse a las razones para el gozo interior. Aunque nos puedan parecer incompatibles estos dos conceptos, no dudemos de que la “alegría” es la mejor “penitencia”. Más aún, hemos de desconfiar de las penitencias que no nos lleven a superar nuestras tristezas y amarguras. La penitencia más perfecta es aquella por la que le ofrecemos a Dios y a nuestro prójimo una sonrisa transparente y perseverante, que solamente puede brotar de un corazón enamorado y agradecido.

Para resolver esta aparente paradoja, tal vez debamos redescubrir el auténtico sentido de la “penitencia”, es decir, su sentido teológico. Decía Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica, que “la penitencia realiza la destrucción del pecado pasado”. No olvidemos que la tristeza se introdujo en nosotros como fruto del pecado; y que éste no será plenamente vencido hasta que no rescatemos la alegría. Rescatamos la alegría, sólo cuando hemos vencido el pecado.

La alegría cristiana que nace de la virtud teologal de la esperanza, nos permite relativizar las preocupaciones y hasta nuestras propias debilidades. La sonrisa humilde y el buen humor, resultan ser un arma espiritual de gran eficacia para vencer las tentaciones del Maligno. Al mismo tiempo, el “apostolado de la sonrisa” es uno de los testimonios más necesarios y convincentes en el momento presente.

Iniciamos en este domingo un nuevo año litúrgico. He aquí la primera súplica que la liturgia de la Iglesia dirige a Dios: “Aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene, acompañados por las buenas obras” (Oración colecta, Domingo I de Adviento). Lo sorprendente quizás sea descubrir que la primera “buena obra” que Dios nos pide, pueda ser… una sonrisa.

Mons. José Ignacio Munilla

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